Un tranvía llamado “deseo”

resizer

La próxima parada,
en el andén la espero,
y llega en el tranvía
que llaman del “Deseo”.

Paro en las estaciones
del plano de su cuerpo,
en viaje de placer
que al fin llega a su lecho.

Entre sábanas blancas,
que el ardor ha deshecho,
empiezo a recorrer
la piel y sus senderos.

Al tacto de mis manos,
se enreda entre los dedos,
la suave cabellera
que forma el fino pelo.

Mirada angelical,
por la que siempre tiemblo,
envuelta en unos ojos
que brillan como el fuego.

La boca de contrastes,
con ese labio seco,
que esconde ansiosa lengua
y sus jugosos besos.

Es fina y perfilada,
voraz hasta lo obsceno,
cuando al morder los labios
me incita con su juego.

Caricia de la piel
la de su esbelto cuello,
tan delicado y terso,
como en la flor los pétalos.

Y el viaje continúa,
hasta llegar al cielo,
hasta esas firmes cumbres,
testigos de mis vértigos.

Volcanes tan perfectos
do se derrite el hielo,
del corazón ardiente,
debajo de sus senos.

La línea de su espalda,
que acaba en su trasero,
es la preciosa curva
camino del infierno.

Infierno al que va un valle,
talado de su vello,
allí donde reposan
mis más perversos sueños.

Te privas de la braga,
mi rostro queda trémulo,
al descubrir la flor,
la clave del Misterio.

La mecen mis suspiros,
el caluroso viento,
que brota del aliento
en sofocante Céfiro.

Y se ancla entre tus piernas,
en el acuoso sexo,
en trance tan violento,
el lujurioso miembro.

De los gemidos se oye,
atronador el eco,
jadeos y sofocos,
y dulces los lamentos.

Como el pintor esboza
los trazos en el lienzo,
como el poeta escribe
sus más ardientes versos,

como ese que de arcilla
al tacto hace el modelo,
o el que en la partitura
compone un ritmo bello,

así, cuando al compás,
en brusco movimiento,
se imanta nuestra piel,
y me introduzco dentro,

en ese gran momento,
que nubla pensamientos,
do se detiene el tiempo…
viajamos en secreto.

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De lo que sucedió un día de fiesta y de la inspiración repentina

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Qué misterios te depara
el vermut con la charanga,
que te fijas en su cara,
y le acabas viendo el tanga.

Estamos bajo un diluvio,
y aunque acabe muy mojado,
pensando en su terso culo,
me he quedado anonadado.

Me cautiva su sonrisa,
me excita su lozanía,
su mirada tan incisa,
su frescura y su alegría.

Es lo que tiene la fiesta,
te sorprende a cada instante,
que después de tanta ingesta
surja un verso tan picante.

Silencio

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¿No lo oyes?

En la noche cuchichea mientras duermo,
y lo escuchas en las cumbres si no hay viento,
ni del ronco ni del fresco,
o lo silba en el desierto
el polvo denso…

Pero atiende,
que no murmura la corriente
en el río seco,
¿y en el cielo?
en el cielo se deslizan los milanos
si no hay truenos,
y ahora, ni siquiera en el vacío
se oye el eco.

Si no hay fieles en el templo,
no se escuchan ni lamentos.

En los ojos, solo habla el parpadeo,
y la voz de la boca es el aliento
que te dice lo que calla con un beso.

El clamor del fuego
es solo una vela en movimiento,
y el de los anhelos,
son las voces, que en mi cerebro,
turban los pensamientos.

Es un ruido frío e intenso,
de la locura, es el tormento,
es la respuesta al desconocimiento,
y la sola compañía de los muertos.

Escucha atento…
Es el ¡silencio!.

Se apaga el amor

La llama del amor

Se apaga la llama, lentamente,
como de árbol seco cae la hoja,
como torpe llega otro noviembre,
y a la arena a morir llega una ola.

Lenta, como el sol cuando amanece,
que cambia la noche por aurora,
y es la luna, ahora, la que duerme
en el cielo inmenso que es su alcoba.

Como por el cristal transparente
la lluvia desliza finas gotas,
o como aquellos copos de nieve
que en manto blanco ahora reposan.

Despacio, como el rito solemne
de las campanas que ‘a muerto’ tocan,
en ese tañer triste y doliente
del acero que tiembla y que llora.

Así huye el amor todas las veces,
cuando ya no hay besos en su boca,
o se va borrando de la mente
su imagen antaño cegadora.

Y siempre es así como sucede,
se esfuma el sonido de las notas,
al ritmo de los suspiros breves
o al de las miradas melancólicas.

Se acabaron las ganas de verte,
por fin enterradas en la fosa
del recuerdo dañino que muere
y queda olvidado entre las sombras.

La herida mortal es solo leve,
y queda el dolor conmigo a solas
porque no lo llevan como a Bécquer,
entre la espuma envuelto, las olas.

Sorpresa

Homer_Sorprendido

Sorpresa,
si te vistes de payesa,
y rondas por la dehesa,
bajo ese cielo turquesa.
¿Sorpresa?
Sí, porque eras la princesa
que bajó de la calesa
para sentarse a otra mesa.
Sorpresa,
si tu boca ahora me besa,
si su marca queda impresa,
sorpresa,
de que cumplas tu promesa.
Sorpresa,
de ese cuerpo que se expresa,
que me embriaga y me embelesa
como prende una pavesa.
Sorpresa,
de ese labio que confiesa
el amor de una diablesa,
de esas manos tan traviesas,
que se aferran a su presa.
Sorpresa,
si actúas como una obsesa,
si me miras cual aviesa,
sorpresa,
porque es cuando te interesa.
Sorpresa,
de ese rayo que no cesa,
de esa flecha que progresa
y la dermis atraviesa.
Sorpresa,
si la sangre no se espesa,
si te sirvo en una artesa
mi corazón cual frambuesa.
Sorpresa,
porque el alma…sigue ilesa.

Ojos verdes, aguamarina

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La calle Huertas el sendero,
que los fines de semana,
de manera cotidiana,
iluminan dos luceros
en un ambiente fiestero.
De ese verde aguamarina
son tus ojos de felina…
de una eterna primavera.
Y es tu fina cabellera
de rubia tirando a albina.

Te me acercas con salero,
te presentas: – “Soy Tatiana”-,
Tu mirada siberiana,
tan fría como el acero,
me quema como un brasero.
Y cincelo en mi retina
tu boca tan coralina,
el vibrar de tu cadera…
y yo, me abraso en la hoguera,
de mi bella concubina.

No hay color en el tintero,
ni en tu piel de porcelana,
transparente y tan liviana.
Más sentirla es placentero
si te toco con esmero.
Todo rosas, ni una espina,
al correrse la cortina,
del amor de esa guerrera,
que quiso ser guitarrera,
y yo ensalzo en mi vitrina.

Desayuno con diamantes

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Amanece
y en el cielo, titilante,
el sol brilla
despertando tan radiante,
escuchando
el sonido susurrante,
de las notas
de una música sedante.
De ese taxi,
descendiendo deslumbrante,
aparece
una mujer delirante.
Se ha vestido,
enjoyada y elegante,
y ha ocultado,
con las gafas su semblante.
Está sola,
y solo es su acompañante,
una calle,
de una ciudad excitante.
Yo la observo,
deseoso y anhelante,
esperando,
de cruzarnos, el instante.
Me sonríe,
es más dulce que insinuante,
y la miro,
con el iris penetrante.
Es momento,
de mostrarme muy galante,
y responda,
con lisonja semejante.
Ni distante,
ni orgullosa, ni arrogante,
porque tengo,
el corazón palpitante,
y el deseo,
de una pasión crepitante,
trepidante,
como perlas chispeantes.
Solo pido
bajo ese cielo brillante,
su sonrisa,
y tenerla como amante.
Y ya quedo,
desayunando oscilante,
en la cama…
con mi musa y sus diamantes.